miércoles, 18 de marzo de 2015

Caché (Escondido). Acoso y culpabilidad sin resolver



Director: Michael Haneke.
Intérpretes: Daniel Auteuil (Georges Laurent), Juliette Binoche (Anne Laurent), Maurice Bénichou (Majid), Walid Afkir (Hijo de Majid), Lester Makedonsky (Pierrot Laurent), Daniel Duval (Pierre), Nathalie Richard (Mathilde), Annie Girardot (madre de Georges), Bernard Le Coq (jefe de Georges).
Productor: Veit Heiduschka.
Guion: Michael Haneke.
Fotografía: Christian Berger.
Sonido: Jean-Pierre Laforce.
Montaje: Michael Hudecek y Nadine Muse.
Nacionalidad y año de la producción: Francia, 2005.




Detrás de la obsesión

      Con unos setenta y tres años recién cumplidos, Michael Haneke es ya “perro viejo” en esto del cine, algo que le viene de familia, puesto que nace en un seno con un padre director y una madre actriz. Aunque en sus inicios no obtuvo el éxito ni el renombre que cuenta, no pasó mucho tiempo hasta que en 1989, con “El Séptimo Continente”, se ganó a la crítica. Que por cierto, esa era su dedicación antes de ese largometraje, trabajó como crítico de cine. Del austriaco se valora un estilo muy propio, contando problemas de la sociedad moderna, como puede ser el racismo, en una estética inquietante, jugando con la percepción del espectador. Tal vez esto se deba a sus estudios universitarios en psicología y filosofía, que aportan al guión, de su puño y letra, su eterno discurso relacionado con la moralidad dentro de un tipo de cine que no podríamos definir ni como drama ni como thriller.

     Caché ha cosechado una gran cantidad de premios y nominaciones en su año de producción, 2005, incluyendo el Premio de la Crítica y Mejor Director del Festival de Cannes. Y es que a la crítica se la ganó, ya que también cuenta con el premio de Mejor película extranjera por la Asociación de Críticos de Chicago y por la Asociación de Críticos de Los Ángeles. Pero a pesar de su éxito en la “zona Hollywood” como película de habla inglesa, el ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2013, Haneke, es muy crítico con la voraz industria americana, declarando en alguna ocasión que “quiere aplastar al cine europeo”.


Desconcertante desde el principio

Nos centramos en una familia con alto nivel de comodidad en su vida. Georges conduce un programa televisivo de debates literarios, Anne trabaja en una editorial y presume de una buena relación con su jefe. El pequeño de la familia, Pierrot, en plena adolescencia, tiene una relación muy típica con sus padres, valorando más a los amigos y comunicándose poco en casa. Como la define el creador, nos hemos colado en la casa de una familia aburguesada que no se preocupa por los problemas que van más allá de ellos tres y sus conocidos. Su monótona vida cambia cuando reciben una cinta de video con una grabación de la fachada de su casa. A esta grabación la siguen más cintas y dibujos que parecen hechos por un niño pequeño. Es así como Georges se da de bruces con recuerdos que ya había borrado de su mente egoísta y burguesa, llevándole a descubrir qué fue de Majid, un niño que los padres de Georges querían adoptar tras saber que sus padres habían sido masacrados en un terrible suceso acontecido en París en 1961, una marcha de argelinos. Georges, sin el apoyo de la Policía, que no actuará hasta que pase algo mayor que las simples muestras de perturbación de un acosador, indaga para saber quién es el autor de las cintas, teniendo que hacer frente inevitablemente a un pasado que todos ignoran.


Caché sigue perfectamente la línea de la filmografía de Michael Haneke. Como se decía previamente, es un autor con claras tendencias a presentarnos familias de carácter burgués y actuales (familias con pocos hijos y un nivel adquisitivo por encima de la media). En 1989, nos presenta una de sus primeras películas que no fueron para televisión, basada en hechos reales, relatando cómo una familia se deshace de sus bienes para poder vivir de forma más espiritual, lo cual acarrea una serie de consecuencias que le presentan en el filme. Hablamos de Siebente Kontinent (El Séptimo Continente), que junto con Benny’s Video (El vídeo de Benny, 1992) y 71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls (71 Fragmentos de una Cronología al Azar, 1994), hacen la conocida trilogía de Haneke en la que se trata la violencia en la sociedad moderna, tema principal no solo en estas películas, puesto que la violencia es muy recurrida para él, y ya no tanto la violencia en sí, sino la forma cruda de presentar estas escenas.

En la mencionada Benny’s Video vemos a un adolescente desatendido por sus padres, quienes le regalan una cámara de vídeo como compensación a la falta de afecto. Cámara que usa para grabar un acto muy violento que realiza. Este tipo de patologías psíquicas que están presentes en nuestra sociedad son en parte el estilo propio de las películas de Haneke. Hecha esta trilogía, el director sigue en el formato de presentar una familia burguesa, egoísta y ajena a todo que son víctima de psicopatías y su propia condición. Y es que Funny Games, de 1997, no dejó a nadie indiferente. Tanto es así, que el director apostó por hacer un remake diez años después de su primera versión, esta vez usando el formato estadounidense, con actores de la talla de Naomi Watts y Tim Roth. Esta nueva versión no aporta nada nuevo, incluso se podría decir que fue un desacierto.

Juliette Binoche aparece al inicio de las producciones que hace Haneke en Francia. En el año 2000, la hace protagonista en Code inconnu: Récit incomplet de divers voyages (Código desconocido). Es en esta obra fílmica donde también aparece un elemento que encontramos en Caché: la inmigración y el racismo. La realidad de Francia, un país multicultural y segregado, hace que sea un recurso fácil de usar no solo en la filmografía de este director, también en otros.

La tendencia a sacar lo peor de las personas está muy claro en el éxito La pianiste (La pianista, 2001), basado en la novela homónima la cual trata de una profesora que “desconecta” yendo a cines porno y sexshops. Y en 2003, tal y como sucede en Funny Games, aunque por motivos distintos, una familia de clase media en Le Temps du loup (El tiempo del lobo) se va a su segunda residencia, dándose cuenta que por mucho que se aislen nunca será suficiente para evadirse de la realidad y de lo que pasa a nuestro alrededor.

Así son las familias y personas protagonistas que nos presenta Haneke en sus películas, gente que quiere vivir en la burbuja que se han creado en donde no afecta ni lo más mínimo de lo que pasa a su alrededor. Como última característica presente en gran parte de la filmografía del director, y de forma anecdótica, decir que son recurrentes los nombres “Georges” y “Anne” en los personajes principales de sus producciones, como parte de la obsesión que parece transmitir en sus películas.

Sería necesario ver toda la filmografía de Haneke para no hacer una crítica banal de su película, la cual contiene tantos componentes argumentales como elementos técnicos diferenciadores. No se podría comparar Caché con cualquier otra película porque es imposible elegir un filme de similar características, no solo por lo que se narra, es cuestión de estilo. Una forma de hacer cine peculiar, aunque no siempre tan efectiva.


El elemento que no podemos dejar de mencionar es la elección de las actrices y los actores que interpretan Caché, ya que son ellos el plato fuerte de la película, lo que podemos destacar por encima de un argumento un tanto simple y una estética nada adornada. A continuación hablaremos del ambiente que rodea esta película, pero queda claro desde ya que lo que llena la película de significado son las actuaciones más o menos contenidas, con unas miradas medidas y proyectadas a la perfección. Desde los protagonistas hasta los papeles secundarios, que no abundan en esta película, como suele ser normal en la filmografía de Haneke. Marcan los desesperantes silencios de contenido interpretativo sólo por la intención postural y la expresión facial. Si no fuera por Auteuil, Binoche y Bénichou como actores con personajes con mayor representación, directamente podríamos decir que no habría película.


Retrato desnudo de una Francia


Con un plano fijo que en algún momento incluso nos hace preguntarnos si no se tratará de una instantánea mientras se colocan los créditos iniciales como si de un cartel se tratara. Así comienza Caché. Esos tres minutos con algunos segundos ya nos hace ver que lo que vamos a ver se sale de la norma. Incluso resulta difícil leer esas diminutas letras blancas que, como decíamos, son más típicas de un cartel que del inicio de una película. Tanta es la confusión que se nos crea que no sabemos si lo que vemos es un ciclo temporal lineal o no. Esa es una pata que sostiene la película.


La mezcla, en algunas ocasiones carente de sentido, de lo que está pasando en ese momento, las cintas grabadas y algunos flashback de Georges (tres en total). No es que el montaje sea un desacierto, pero si partimos desde la premisa de que al visionar una película como Caché lo que el espectador espera es seguir una historia intrigante, escenas como las de Pierrot nadando o el último flashback cuando se llevan a Mayid de pequeño, no aporta nada a la trama. En el caso de la última que hemos mencionado, tal vez tendría más sentido si se hubiera presentado antes. Pero esto nos lleva a otro punto que nos cuestionamos una vez hayamos visto el filme: no es una película de intriga o misterio, es una crítica a la sociedad. De esa sociedad aburguesada que se nos presenta viviendo cómodamente sin que le importe los males de su alrededor y claramente racista. Si no, la escena en la que un ciclista de color casi atropella a Georges no tendría sentido cuando es sin duda uno de los momentos claves en la película, en el que se nos muestra ese racismo oculto que hay en la desigualdad social, ya que Georges se cree mejor que el ciclista y se toma la libertad de insultarlo. No es solo un momento de tensión en la vida del protagonista, Haneke ha ido más allá.


En el contenido del guión también está presente la hipocresía. En la conversación que tiene Georges con su madre se ve claramente por dos cuestiones. La primera es la reacción de la madre cuando le pregunta por Mayid y su respuesta tan clara. No se acuerda de lo sucedido y nunca piensa en él. El espectador ya empieza a sospechar que algo de gran calada están ocultando. Y tanto es así. Cómo olvidar a una persona que estuvieron a punto de adoptar tras la muerte de los padres y que al final mandan a un orfanato. Es una muestra muy humana del olvido intencionado, de no querer pensar en lo que nos pesa. La segunda cuestión que nos hace ver la hipocresía latente es la propia pregunta de Georges. Él dice no sospechar de nadie cuando al ver la grabación del caserío donde se crió ya tiene claro de quién puede ser, pero lo oculta. Y eso se debe a que ha ocultado a todo el mundo ese episodio de su vida, queriendo deshacerse de un recuerdo que tal vez consiguió olvidar, pero la conciencia intranquila se acciona con el acoso al que lo somete supuestamente Mayid. Y es curioso que no quiera vivir con ese recuerdo y que ni siquiera piense en actuar con el primer video o el segundo que les llega porque no lo ve de mayor importancia pero en cuanto el hijo desaparece ya dan por hecho que lo han secuestrado sin pruebas. Y lo más llamativo de esa situación es que Mayid y su hijo son detenidos por la policía sin ninguna prueba de que el adolescente estuviera con ellos. Una maravillosa muestra del racismo que antes se comentaba. Este filme nos hace pensar en la actitud humana. Ese es el fin último, no es saber qué es lo que pasa y cómo se resuelve, si no qué hacen las personas en una situación como ésta.


Ya decíamos que la película estaría vacía sin la acertada interpretación de los actores, que dotan a toda la película de una gran carga emocional. Por qué decimos que el peso lo llevan ellos. Si nos fijamos bien, las escenas se presentan totalmente desnudas. Son frías y los planos largos. En general, las escenas son lentas. Hay muchos silencios entre los diálogos, naturalizando la acción (en la vida real tenemos que pensar antes de hablar como se refleja en la película) y no se oye ninguna banda sonora. No hay música. Esta falta de recurso ya se ha usado como recurso en muchas películas. Se contrarresta con un sonido ambiente muy presente: el gorjeo de los pájaros, el ruido del tráfico y la televisión que a veces está por encima de las propias voces de los actores. En lo técnico, cuando nos encontramos películas con esa carencia, normalmente la imagen nos ayuda a que sea más dinámica, pero en Caché no es así. El exceso de cámaras fijas y planos largos no ayuda a que las escenas se noten con mayor ligereza, más bien todo lo contrario.

Por eso repetimos una y otra vez que si no fuera por una brillante interpretación, no tendríamos película. Es digno de destacar la escena del suicidio de Mayid. La gran muestra de talento que nos hacen los dos actores merece el reconocimiento. Como sin prácticamente ver la cara de Georges, sabemos lo que está pensando, nos quedamos atónitos con la forma de caer al suelo de Mayid y pasan unos minutos hasta que finaliza el plano único sin que se resuelva la acción. Por cierto, cobra mayor sentido el hecho de que esa escena está cogida desde el mismo ángulo que la grabación que hace supuestamente Mayid de la primera vez que Georges va al apartamento. Qué nos querrá decir con eso Haneke. Se está grabando el suicidio presentado o no.


Y así acaba la película. Podemos concluir que desde un principio era Mayid el que enviaba las cintas de forma anónima por ese dibujo del que sale sangre del cuello, pero él lo niega. Pero, el director que sabe jugar con nuestra mente, no concluye esa investigación como si de una película de Hitchcock se tratase. De hecho, nos “regala” una secuencia final, un nuevo plano fijo cogido desde la calle de la fachada del colegio de Pierrot. Los créditos finales no empiezan a surgir hasta que vemos a Georges andando de un lado a otro del plano ¿Será otra grabación del acosador? ¿Ya ha dejado en la conciencia de Georges a una persona y ahora va a por el adolescente? No merece la pena hacerse ninguna pregunta. El objetivo de Haneke se ha cumplido: dejarnos impactados con hasta dónde puede llegar una situación aparentemente inocente con una presentación menos que sutil de las características de una sociedad acomodada.


Sonia Anguiano López

martes, 10 de marzo de 2015

La Clase (Entre les Murs). Una realidad hecha ficción

Director: Laurent Cantet.
Intérpretes: François Bégaudeau (François Marin), Esmeralda Ouertani (Esmeralda), Cherif Bounaïdja Rachedi (Cherif), Louise Grinberg (Louise), Franck Keïta (Souleymane), Juliette Demaille (Juliette), Laura Baquela (Laura), Nassim Amrabt (Nassim), Rachel Regulier (Khoumba), Olivier Dupeyron (Olivier), Wei Huang (Wei), Qifei Huang (Qifei), Henriette Kasaruhanda (Henriette), Agame Malembo-Emene (Agame), Anne Wallimann-Charpentier (Anne), Angélica Sancio (Angélica), Arthur Fogel (Arthur), Boubacar Toure (Boubacar), Burak Özylmaz (Burak), Carl Nanor (Carl), Dalla Doucoure (Dalla), Frédéric Faujas (Frédéric), Yvette Mournetas (Yvette), Vincent Robert (Hervé), Eva Paradiso (Eva), Anne Langlois (Sophie), Patrick Dueruil (Patrick), Burak Özyilmaz (Burak), Dorothée Guilbot (Rachel),  Justine Wu (Justine), Damien Gomes (Damien), Lucie Landrevie (Lucie), Cécile Lagarde (Cécile), Vincent Caire (Vincent), Jean-Michel Simonet (Director del instituto), Adeline Fogel (la madre de Arthur), Khalid Amrabt (el padre de Nassim), Lingfen Huang (la madre de Wei) y  Wenlong Huang (el padre de Wei).
Productores: Simon Arnal, Caroline Benjo, Barbara Latellier y Carole Scotta.
Guión: François Bégaudeau, Laurent Cantet y Robin Campillo (basado en la novela “Entre les Murs” de François Bégaudeau).
Fotografía: Pierre Milon.
Sonido: Agnes Ravez, Antoine Baudouin, Antoine Mercier, Jean-Pierre Laforce, Olivier Mauvezin y  Paulin Sagna.
Montaje: Robin Campillo y Stephanie Leger.
Nacionalidad y año de la producción: Francia, 2008. 

Los que están entre las paredes 

      Solo un hijo de profesores de instituto como es el director de este largometraje, Laurent Cantet, podía coger la novela “Entre les murs” escrita por un profesor (hijo de profesores también, por cierto) y hacer una película como esta. Cantet tiene marcada su trayectoria en el cine francés por tratar temas sociales y es por eso que la tercera novela de François Bégaudeau, premiada en 2006, era un buen argumento para una nueva película basada en una novela. Por otra parte, a Bégaudeau no le bastó con ser profesor en activo y ser el cantante de un grupo de rock, tenía la necesidad de escribir sobre la realidad de su experiencia en lo primero. Y no solo eso. Bégaudeau también es coguionista junto a Robin Campillo y Laurent Cantet de este película, basada en su obra y, ya que el libro habla de su propia experiencia, quién mejor que él para protagonizarla. Aunque no es el único que se interpreta a sí mismo en la película. La gran mayoría de las personas que aparecen en ella, incluyendo a todos los alumnos y sus respectivos padres, hacen de ellos mismos. Esto no quiere decir que en la realidad hayan hecho lo que les sucede en la película. Estamos ante una realidad hecha ficción.


Una realidad del sistema educativo 

      Un profesor de lengua y literatura de un centro educativo de un distrito marginal de París,  con alumnos de cuarto de distintas nacionalidades y realidades. Son adolescentes de catorce y quince años con un comportamiento que no entra en las preferencias del cuerpo docente. “La Clase” transcurre en un curso escolar completo, desde la llegada de los profesores hasta la marcha de los alumnos. François, el profesor en el que centramos la atención, al igual que sus compañeros, empieza con entusiasmo y con una ética y forma de enseñar bien definida, la cual se turba a medida que los alumnos mantienen conductas problemáticas y se deja llevar por un sistema educativo que alberga lagunas que parece cuestionarse solo él.

 

      Para Laurent Cantet, dar con la novela en la que se basa la película no sería coincidencia. Su trayectoria, retratando distintas realidades de la Francia contemporánea, nos indica con mucha probabilidad que quisiera tocar el tema de la educación tarde o temprano. Comenzó sus andaduras hablándonos, en tiempos de bonanza económica, sobre el trabajo y la ausencia del mismo. En “Recursos Humanos” (Ressources humaines, 1999) nos relata la experiencia de un recién titulado universitario dentro de una fábrica francesa, en el departamento de Recursos Humanos. En ella, el joven universitario también desborda ilusión y piensa que con su esfuerzo conseguirá poner de acuerdo a los directivos con los sindicatos. No tardará en darse cuenta que todo lo que haga será inútil, ya que la empresa solo quiere reducir la plantilla. Y precisamente en “El empleado del tiempo” (L’emploi du temps, 2001) la historia versa sobre un padre de familia al que despiden y no es capaz de afrontarlo socialmente, motivo por el que se inventa un trabajo en las Naciones Unidas que le hace esconderse cada día sin saber dónde ir. Esta última fue menos laureada pero se debe destacar la música que acompaña el largometraje, que ayuda a llenar los vacíos del silencio. Tras 2005, cuando Cantet se traslada a los años ochenta para realizar “Hacia el Sur” (Vers le sud), basado en la novela de Dany Laferrière, nos vuelve a sorprender con “La Clase”. La trayectoria fílmica de este director ya nos cuenta mucho sobre su estilo marcado en hacer películas de toque dramático que nos acercan a diferentes realidades, centrado siempre en lo que nos cuenta. Selecciona actores y actrices novel, para que no nos dejemos llevar por quién es sino por lo que interpreta. Cuida mucho los detalles y de eso se concluye que la producción, de momento escasa, esté tan dilatada en el tiempo.

      Encontramos en nuestras mediatecas muchas películas relacionadas con el profesor en el aula, algunas con varios puntos en común. Casi coincidiendo en el tiempo encontramos la producción estadounidense “Diarios de la Calle” (Freedom Writers, 2007) de Richard LaGravenese, basada en el libro de mismo nombre, en la que una profesora de lengua da clases en un instituto de California con alumnos de barrios marginales. Existe una gran diferencia entre “Diarios de la Calle” y “La Clase”: la primera es una historia totalmente ficcional, de situaciones inventadas. Más actual es el ya archiconocido documental argentino de 2012 “La Educación Prohibida”, dirigido por German Doin en el que se presenta distintas propuestas educativas. En este caso la diferencia con “La Clase” es lo opuesto anteriormente: se trata de la realidad grabada justo cuando está sucediendo. Dicho esto ya empezamos a notar qué hace en parte a “La Clase” un filme excepcional.

      En el cine francés la educación es el tema central de una larga lista. Recordemos “Hoy Comienza Todo” (Ça commence aujourd’hui, 1999) de Bertrand Tavernier, un duro retrato de una Francia marcada por la crisis de la minería y una escuela situada en un pueblo minero. El protagonista en este caso es el director, que intenta movilizar a la población para ayudar a la madre de una alumna y toda su familia, logrando solamente una mala reputación como docente. Digno de mencionar es el documental de 2002 “Ser y Tener” (Être et avoir) de Nicolas Philibert, en el que vemos todo un curso académico de una clase de primaria con menores de edades muy dispares. Es lo denominado clase única, frecuente en las regiones aisladas y de poca población. Por último, aunque podríamos seguir recordando buenos títulos de la producción francesa, no podemos dejar escapar aquella cinta que causó gran sensación, nominada a los Oscar y los Goya, “Los Chicos del Coro” (Les choristes, 2004) de Christophe Barratier. Si bien no es una película que identifiquemos con el cine francés, ya que el más que notable la intención de adoptar el “modelo Hollywood” y no sea una historia especialmente novedosa pero que está bien traída, debemos destacar la ambientación que la envuelve y la música que estuvimos oyendo hasta la saciedad ya que era pura emoción.

      Volviendo a “La clase”, una gran peculiaridad antes mencionada, es, sin duda, el hecho de que no sólo el propio autor de la novela se interpreta a sí mismo, sino que los jóvenes actores también hacen de ellos mismos. Según palabras del director, ese hecho no es lo que hace que las interpretaciones sean sumamente realistas, aunque es difícil pensar que sea así. Ha existido un trabajo previo al rodaje en el que la dirección de actores empezó realizando un taller con cincuenta jóvenes, de los cuales los veinticinco que vemos en la pantalla son los que no abandonaron el proyecto. Esta especial característica es un punto fuerte del filme que cuando se visiona, las escenas fluyen de tal forma que no parece que estén guionizadas, no se ha optado por estereotipos fácilmente reconocibles o muy marcados, y tampoco se sobreactúa. Por supuesto es necesario ver la película en su versión original, en la que el cuerpo de falso documental cobra mucha fuerza, aunque llamar a “La Clase” falso documental sería impropio e incluso banal, estamos ante una forma muy distinta de hacer cine y esos elementos son fácilmente reconocibles. Volviendo a la interpretación, es digno de mencionar también que si bien llama la atención que gran parte del reparto se interprete a sí mismo, esta condición no lo cumplen todos. Hay actores en esta película que hacen un trabajo digno de lo que el director quiere distinguir y entramos en un terreno un tanto paradójico si nos cuestionamos qué tiene más mérito, que los adolescentes hayan sabido ser ellos mismos ante la cámara o que los actores hayan sabido defender un papel con la misma naturalidad, sin saber quién es quién hasta que no ves los créditos finales.

      Otro de los motivos por lo que no podemos catalogar “La Clase” como documental pero tampoco como una película convencional es por no tener un hilo conductor claro desde el principio. La estructura que normalmente nos encontramos en una película sobre educación es clara: presentación de los personajes y conflicto, frustración del nuevo docente, cambio de recurso educativo y triunfo pedagógico al finalizar el curso. Pero en esta ocasión no es así, ya que a lo largo de toda la película nos vamos encontrando distintos personajes y distintos problemas. Es este uno de los motivos por los que tenemos la sensación de haber visto un falso documental, otros los veremos más adelante. Si lo observamos, en un principio parece que nos vamos a centrar en la relación de François con una de sus alumnas, pero esa trama se queda abierta y continúan otra. El incidente final, que sirve como excusa para presentar un comité disciplinario está claramente diseñado para darle un hilo conductor al espectador en una gran traca final cargada de simbolismo y con la mayor crítica hacia el sistema estandarizado en los centros escolares: sin haber hecho un trabajo previo para provocar el cambio, se deja que la bola se haga más grande hasta que no es manejable y se la paso a otro sin cuestionar siquiera lo que puede suponer eso para el alumno y la familia. Tal vez sea gracias a esta pequeña trama que realmente está presente durante toda la película pero en un segundo plano y con un final que aparece de forma imprevista, lo que no hace producirnos una sensación de vacío tras el visionado, lo cual sería una pena después de todos los mensajes que lanza. Y es que tal vez no encontramos un hilo conductor sólido como el de cualquier otra película de su categoría, pero sí duras críticas. Cabe destacar entre ellos el cinismo nada camuflado de profesores tan acostumbrados a que no funcionen todo lo bien que les gustaría su trabajo en las aulas. Cómo son capaces de pasar con total frialdad de hablar sobre medidas disciplinarias preventivas a hablar de la subida del precio del café de máquina. O cómo brindan por un embarazo olvidándose de la colecta que acababan de anunciar para que la madre de Wei no fuese deportada a China. Tan grande es la pasividad anunciada, que no empiezan a ver con normalidad a François hasta después de tachar de ordinarias (o golfas) a dos alumnas, algo totalmente comprensible para la mayoría de ellos. 



Traslado a la ficción 

      Una película basada en una novela basada en hechos reales. Ese podría ser un resumen muy simple de lo que encontramos en “La Clase”. Decíamos que no podíamos llamarlo falso documental porque realmente lo que aparece en la película, lo que nos cuenta, en su gran mayoría ha sucedido. Tampoco es un documental, puesto que no está rodando situaciones espontáneas. Estamos ante una ficción medida y presentada con realismo. Según el propio François Bégaudeau, la novela narra episodios vividos a lo largo de su carrera, y para que sea un escrito que pueda leerse con interés, ha concentrado “los mejores momentos” en la obra. Decía en una entrevista que las clases a las ocho y media de la mañana suelen ser aburridas. Por lo tanto, el filme describe retales de lo que le ha sucedido, pero no a esas personas que aparecen ante la cámara e incluso no en el mismo curso académico. Entonces ¿qué hace que “La Clase” sea una excelente propuesta de “ultrarrealismo ficcionado”?

      Habría que empezar por dónde se realiza la acción. Con excepción de los primeros segundos, en los que seguimos a François en una rutina mañanera antes de trabajar, toda la acción se desarrolla en el mismo escenario: el instituto. Cobra mucho sentido y es muy descriptivo el título original (Entre les murs), el cual ha sido mal traducido al castellano ya que pierde mucha fuerza expresiva en diferencia con la nomenclatura francesa: “Entre los muros”. La película entera nos cuenta lo que pasa en el espacio delimitado que es el centro educativo y más concreto, el aula, donde ocurren más de la mitad de las situaciones y diálogos. “La ratonera” podríamos haberle apostillado a esta película, porque el espectador puede asumir el papel de un científico de laboratorio que observa la interacción de los roedores encerrados en un laberinto, donde los roedores son la sociedad francesa de la postmodernidad y el laberinto el ciclo vital de cada uno, pero no importa lo que sucede fuera. La poca información de lo que sucede en el exterior viene dado por los diálogos. Un ejemplo de esto es que Carl ha sido expulsado de su anterior instituto y no se sabe el motivo de la expulsión, ¿pero acaso eso es importante? El director nos ha querido decir muy claramente que no, y el motivo no es hacernos una imagen del personaje enfundada en ese hecho. El motivo real es que si no ha pasado en el instituto donde se desarrolla la acción es como si no hubiera ocurrido. La narración se centra exclusivamente en lo que ocurre allí, como si fuera Las Vegas dentro de esa expresión “Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas” con el añadido de que lo que pasa fuera, se queda fuera.

      Dentro de la ambientación creada, hay que destacar la desnudez de los escenarios. La luz, aunque artificial, procura simular luz natural. Toda la cinta está iluminada de forma sencilla, evitando sombras para que las caras y expresiones se vean con total claridad. No hay juegos de claroscuros para expresar emociones, y es la misma falta de juego en la iluminación, que no es relevante, la que nos dice algo. Nos dice que la luz no es relevante, Cantet no quiere que la naturalidad se pierda creando un espacio visiblemente artificial. Lo mismo pasa con la música, la cual brilla por su ausencia, pero de forma literal. Es brillante como no se echa en falta en ningún momento. La única escena acompañada con música (añadida en postproducción, por cierto) es cuando François habla con los padres de sus alumnos en una especie de tutoría de pre-evaluación. Ni siquiera en los créditos de inicio o finales hay música. Además, cabe la reflexión de que la única pieza que suena es un jingle, un hilo musical interpretado por un piano solista y justo cuando no hay alumnos en el centro. Podríamos sacar reflexiones acerca de la forma de actuar de los centros educativos como parte de la crítica que se desprende de todas las situaciones. El uso de la falta de banda sonora es todo un atrevimiento que ha sabido ejecutar de una forma excepcional, muy al contrario que en otras películas como la citada “El Empleo del Tiempo”. No hay duda en que la falta de melodías ha sido sustituida por los incesantes comentarios de los alumnos, que nunca paraban de soltar ocurrencias y en las escenas en las que ellos no aparecen, como por ejemplo cuando el profesor de tecnología estalla, se administra los silencios con gran precisión, aunque el vacío absoluto no existe y el ruido de fondo está presente en muchos de ellos. Hay que tener en cuenta que la ausencia de música es para no desviarnos de los diálogos con gran fondo, donde radica la importancia de toda la producción.

      Este ambiente realista de documental dentro de una ficción preparada, se consigue en su mayor parte por lo visual, que reemplaza con creces la austeridad musical antes mencionada. Ya anteriormente hemos comentado la iluminación y su falta de “floritura”. Cantet ilumina primeros planos cortos y con cámara en mano en prácticamente el ochenta por ciento de la película. El juego siempre radica en escenas grabadas con tres cámaras para captar primeros planos de los que participan en el diálogo y lo que sucede en plano general. La imagen se centra en las expresiones faciales no sólo de los que hablan, también del “público” de esos diálogos durante los silencios. La cámara en mano y su continuo movimiento nos hace creer que la grabación no está preparada, incluso en algunos casos la cámara busca al interlocutor para enfocarlo. Estos son los detalles que nos hacen ver “La Clase” como si de un documental se tratase.
 

      Anteriormente hemos hablado de la interpretación pero no podemos dejar de hacerlo de los personajes. Es preciso cuestionarse hasta qué punto es cierto eso de que se interpretan a sí mismos, ya que más bien podríamos hablar de personajes creados a partir de la personalidad de cada uno, incluyendo a posteriori rasgos que tal vez sean ajenos. Lo que sí es cierto es que no parecen decir algo que no sea sentido, pero al fin y al cabo, de eso trata la interpretación. François, para el filme, cambió su apellido, puede que sea una forma sutil de hacer ver que él no es así cien por cien. El protagonista aparenta ser una persona metódica que entiende su trabajo de forma distinta a los demás, puesto que él no solo mide a sus alumnos por los méritos académicos, es consciente de que su papel versa más en transformar la conducta de los jóvenes problemáticos. Esa es la raíz, una conducta negativa que es utilizada como vía de escape. Es más fácil decir que no quiere escribir porque de él no habla con nadie que admitir que tiene dificultad para escribir, como vemos en la película. El cambio en François se produce cuando, por un lado los demás profesores lo ven como alguien demasiado indulgente e idílico, siempre defendiendo a los alumnos, y sus propios alumnos lo acusan de insultarlos y no defenderlos en la reunión de evaluación. Es cuando estalla y es sucumbido por el sistema educativo, entrando en el mismo juego de los demás profesores y burocratizando su trabajo, solo dando importancia a los procesos del centro. François podría definirse por ser prácticamente un antihéroe, puesto que antes del incidente con mayor gravedad ya ridiculizaba a los alumnos por no tener un gran vocabulario o hacía juicios de valor (sorprendiéndose de que Esmeralda hubiera leído “La República” de Platón), aunque fuera con la buena intención de aportar cultura al grupo.

      Estamos en condición de decir que este filme se sale de lo establecido convirtiéndose en algo que va más allá. No es otra película con un profesor de literatura que cambia el mundo interior de sus alumnos. Nada de eso. “La Clase” está perfectamente realizada para que sea valorada por sus diálogos, haciéndose notar que está basada en una novela, cuyo único soporte de expresión es la palabra escrita. Una película que servirá para la reflexión crítica de un sistema educativo que se tambalea por no ser un modelo adaptado a las necesidades educativas de la actual sociedad, seguramente usada por profesionales de la educación, pero que todos podemos disfrutar. El debate está servido para todos.

 

Sonia Anguiano López